Las cosas cambian más rápido que la fracción de fracción de segundo en que un colibrí tarda en dar un aletazo. Por lo menos así lo sintió ella esa tarde de domingo. Estaba totalmente abrumada por los chismes y comentarios de todos ellos. El mundo de ahí afuera no era el mismo que el de adentro. Solo ella podía tener ese punto de vista, esa opinión de aquel que la hacia sentirse única y totalmente feliz cuando la agarraba de la mano. Y cada vez que escuchaba llegar un rumor peligroso el corazón se encogía tanto que el dolor no dejaba respirar a su alma y eventualmente sus ojos se llenaban de espesas nubes grises que no dejaban ver claramente la realidad.
Era como si el mundo estuviera en contra de él y de su reputación. Y la mataba por dentro el laberinto de pensamientos en el que se había metido tiempo atrás. Ya no encontraba la salida, ya no podía excusar más algunas actitudes. Ya no podía verlo como antes. Y el miedo la paralizaba, estupefacta frente a la idea de que todo lo que le parecía tan mentira fuera verdad.
Y aun que se esfuerce por reír a cada segundo, ella sufre en alguna parte.
Se acostó en su cama y dejo hundir su cabeza sobre su almohada de plumas. Y llegó un silencio ensordecedor mientras cerraba sus ojos. Una colección de momentos que ella siempre guardará en secreto. Fueron momentos interminables, tan largos que pudo recordar detalles tan vanos como el pequeño callo en su mano el primer día que la acarició, o las manchas que había en su remera el día que por primera vez visitó su casa, o como le brillaban los ojos cada vez que sonreía gracias a sus vanas palabras. Y la imagen de aquel hechicero que transformó en sonrisas las heridas de su alma, y sus miedos en desafíos seria la tapa de aquel álbum de recuerdos.
Ahora estaba ella teñida de color preocupación mientras aspiraba el perfume de la soledad. Y melancólicamente, aun que con una sonrisa, recordó todo lo que había aprendido. Por un momento pudo convertirse en una destructora de brújulas. Caminó sin rumbo en un paisaje sin horizontes, donde todo lo que pensaba podía hacerse realidad con tan solo luchar por eso mismo. Amante de un amor incierto que nació y murió en un tiempo sin tiempos. Y de pronto sintió una liberación en el pecho, su corazón ya no estaba quejándose. Había tomado una decisión. Aun que le doliera y le fuera a costar más de una noche sin sueños alentadores tenía que ignorarlo. Y con toda su fe depositada en el destino y las leyes de la vida confiaba en que el inquieto perturbador de almas amables volvería a buscarla. O quizá fuera mejor si nunca más volviera a aparecer.
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