Adoro los días de lluvia, peor los de lluvia en serio. Cuando aparecen las tempestades, los truenos que te dejan sordos, cuando hay que correr a cerrar las ventanas, cuando la visibilidad se reduce a mínimo, me gusta escuchar al viento entrando en los rincones de puertas y ventanas como pidiendo auxilio. Peor mucho más me gusta salir a sentirlo sobre mi piel. Ese viento es real sinónimo de libertad, te despoja de todo tipo de preocupación o pensamiento focalizando tu mente en una cosa: la tormenta que esta llegando.
Y un día genial es aquel en que la tormenta te agarra fuera de casa y llegas empapado como si te hubieran tirado de improviso a la pileta, despeinado por el viento, riendo por la cara de aquel que te abre la puerta y después de cerrarla atrás tuyo sentís que llegaste de la mas grande aventura, como en jumanji. La adrenalina baja de golpe y solo podes escuchar ruido de cacerolas de tu mama que cocina algo caliente en la cocina. Si va llover que se caiga el cielo.
martes, 3 de marzo de 2009
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