Puentes, definitivamente ella prefiere a los puentes. Cuando se sube a un puente nunca mira hacia delante, el simple echo de si son largos o cortos, o dnd terminan, o si estamos solos o con alguien, pasan sistemáticamente a un segundo plano. Solo importa observar, a los costados, que paisajes nos muestra ese puente, asomarnos por su cornisa, ver su altura, mirar el horizonte, mirar al piso y después al cielo, caminar despacito, andando, sin correr, sin apuros, sin importarle que la espera en el final, el camino es lo mas importante.
Como la vida misma- pensaba ella- pero mejor… si el puente me gusta puedo volver a caminarlo cuantas veces quiera, quizá cambie y quizá no, mas en mi inconciente siempre quedara impresa la sensación de esa primera vez que cruce ese puente.
Los laberintos son lo contrario, nunca va a ser lo mismo, hay mil posibilidades y todas la desesperan, no disfruta el camino, sino que se muere de curiosidad de saber que encontrara en su final, y no se da cuenta que el premio es el recorrido, que esperando el final causa la perdida total del triunfo.
Los puentes unen y los laberintos confunden.
Los puentes nos permiten ver lo anterior, los laberintos obligan memorizar, no a recordar.
Los puentes nos elevan, los laberintos no enredan.
Los puentes nos llevan un poco mas allá, lo laberintos nos dejan exactamente acá.
Los puentes son puentes y le empezaron a gustar el día que precisó de uno y no lo tenia a mano.
viernes, 3 de abril de 2009
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